Espejos en el techo
Los ecos de un pasado que no podía olvidar seguían resonando aún en su cabeza. Le dolía, pero, como alimentado por un impulso morboso, no impedía a esos pensamientos fluir con libertad. Alguna vez incluso los llamaba él y con una sonrisa en el espíritu se preguntaba si eso era signo de superación o de recaída.
Ahora era mucho más tranquilo y observador, y jamás olvidaba tener una palabra amable con la gente, como si la herida hubiera dejado salir veneno con la sangre, como si el dolor le hubiera purificado en parte.
Entonces… ¿asumido o no? De nuevo la sonrisa. ¿Es que acaso importaba lo más mínimo? La vida iba a seguir y con el tiempo el recuerdo sólo le haría sonreír, por fin sin dolor, por fin de verdad.
La melodía tenía que ser un signo… convertir el dolor en posibilidades fue una buena idea. No se trata de ver el vaso medio lleno, ni medio vacío, sino de cogerlo, bebérselo y aprovecharlo para seguir derecho.
Notaba como algo se rehacía suavemente, mejorando lo que estaba mal ya antes de estropearse y sabía que aunque ahora estaba vacío era sólo a partir de este momento cuando podría llenarse de nuevo.
Las cuatro y media de la noche… La noche siempre le había inducido a este tipo de pensamientos. La soledad del que no duerme y sólo puede entretenerse en decorar la tenue oscuridad del techo con los caminos por los que le lleven sus pensamientos solía conducirle inevitablemente, antes o después, a pensar sobre su vida.
Esta vez había sido agradable dejarse llevar por las oscuridades de sí mismo. Otros días le sentaba peor… Una sonrisa sincera le asomo la mejilla mientras se tapaba con la manta intentando de nuevo dormirse.
Ahora era mucho más tranquilo y observador, y jamás olvidaba tener una palabra amable con la gente, como si la herida hubiera dejado salir veneno con la sangre, como si el dolor le hubiera purificado en parte.
Entonces… ¿asumido o no? De nuevo la sonrisa. ¿Es que acaso importaba lo más mínimo? La vida iba a seguir y con el tiempo el recuerdo sólo le haría sonreír, por fin sin dolor, por fin de verdad.
La melodía tenía que ser un signo… convertir el dolor en posibilidades fue una buena idea. No se trata de ver el vaso medio lleno, ni medio vacío, sino de cogerlo, bebérselo y aprovecharlo para seguir derecho.
Notaba como algo se rehacía suavemente, mejorando lo que estaba mal ya antes de estropearse y sabía que aunque ahora estaba vacío era sólo a partir de este momento cuando podría llenarse de nuevo.
Las cuatro y media de la noche… La noche siempre le había inducido a este tipo de pensamientos. La soledad del que no duerme y sólo puede entretenerse en decorar la tenue oscuridad del techo con los caminos por los que le lleven sus pensamientos solía conducirle inevitablemente, antes o después, a pensar sobre su vida.
Esta vez había sido agradable dejarse llevar por las oscuridades de sí mismo. Otros días le sentaba peor… Una sonrisa sincera le asomo la mejilla mientras se tapaba con la manta intentando de nuevo dormirse.


5 Comments:
"Notaba cómo algo se rehacía suavemente", me encanta. Y el título también. Es una lástima que no releas lo que escribes, lo haces muy bien, podrías hacerlo mejor. Un saludo.
Brillante.
magnifico
Bueno, vais a hacer que me sonroje. Pero me gustaría que me halagarais menos y os apuntarais a participar como miembros del blog y pusiérais vuestras propias cosas.
Pese a ello, muchas gracias.
Vale, vale, ahora te vas a hinchar. Que escriba lo siguiente quien quiera y como quiera. No vale ver el juego, hay que participar en él. Luis, si te parece pues lo publicas. Allá va, espero que os disguste sólo lo justo.
Capítulo uno.
Camina encorvado, mirando cómo el suelo se pudre bajo sus pies. Agrietado deja que las hojas penetren y fluyan en una débil línea que se pierde tras los pasos, como sucede a los centímetros en los metros cuando dejas que se enrollen. Pensaba en lo aburrido de los días, el sinsabor de las esperas, las citas que se presentan lentas y en el peor de los casos interminables. No sé hacia dónde voy, qué puedo esperar de mis pies. Susurraba en voz alta, e inventaba versos, parámetros lentos que medían su inteligencia. Se ponía a prueba, y con ello triste. No importa que estas líneas intangibles se pierdan entre el vaho, son como mi aliento que se apaga cada segundo un tanto más. Puedo decir lo que me plazca, nadie escucha y nunca quedará huella de los pensamientos que pueda poner de manifiesto. Tuerzo la esquina porque no encuentro razón por la que seguir caminando recto. Esa es la única razón por la que torcer, no otra. De frente, su cabeza gacha le hacía parecer un hombre que no la tuviera, con el sombrero prácticamente perpendicular al suelo. Se veía salir del interior un humo blanco, intermitente, y de vez en cuando un punto brillante, naranja, introducirse y perderse de vista, hasta que de nuevo dejaba descansar sus pulmones. Se pierden, se pierden, se pierden mis palabras como las vidas de humanos, se evaporan sin dejar rastro, nadie puede juzgarme. Me gusta hablarle al mundo y que me ignore. Es como reírse a la cara de un tonto sin que se dé cuenta de que lo estás haciendo. Sí, me río del mundo, por su absurdez y sus vacíos. Es estúpido. En él sólo tienen valor las cosas materiales, y no me importa ser repetitivo. No hay guerras, sólo juegos entre titanes. Cuando dos elefantes luchan, quien sufre es la hierba ¿dónde lo leí? Ah, sí, en un marcador de páginas hecho a mano. Qué curioso. Entró a la cervecería como siempre, sin ninguna razón más que no tener razones para ninguna otra cosa. El aire estaba cargado, pesaba en los hombros, y la humedad se pegaba en la nuca, y bajo las axilas comenzaba a arder la piel. Más de rabia que de calor. Me pregunto por qué nunca abrirán ninguna ventana que, joder, no cuesta tanto. Se acercó a la barra, en la que se encontraba Wendy, como siempre. Mujer rechoncha, rubia platino, con arrugas desde la frente hasta el más pequeño de los dedos de los pies. Daba la sensación de que hasta el pelo conseguía ser tan fláccido como la vejez misma.
-¿Cuándo piensas hacer algo con tu vida y dejar de merodear por aquí como un alma en pena?- le habló desde el otro lado, con un bramido enérgico, entre el de una verdulera y un hipopótamo.
-Cuando la Muerte deje de hacer el gilipollas y me diga que va a venir de una puta vez para llevarme entero.
Acostumbrada a sus respuestas extrañas le sirvió la pinta negra diaria contestando con un simple encogimiento de hombros.
- Entonces qué, sigue en pie… ya sabes, aquello que me comentaste…- Wendy se sonrojó un poco, haciéndose la tímida, como si fuera una adolescente.
-Wendy, eso fue hace más de dos años, esos cuadros ya los hice… y fueron un auténtico desastre. Sorbió del vaso y se inclinó sobre él, pretendiendo ahogarse de nuevo en sus taciturnas e inútiles, pensaba, meditaciones de niño aburrido.
-Porque no utilizaste a la modelo adecuada.
-Porque te negaste. Y punto, no pienso hablar más de ello. Empezó a quitarse la gabardina suavemente; mientras, Wendy pudo observar bajo el sombrero dos brillos inclinados, perdiéndose en las maderas del suelo, o dentro de sí mismos, o simplemente dos luces que remplazaban los ojos y las mismísimas lágrimas.
-Oye, Jean, dame una oportunidad, voy a morir pronto y quiero hacerlo… No tengo nada en la vida, ni siquiera algo que hacer, fuera de este antro de borrachos. No te cobraré, sólo quiero ser joven de nuevo, sentirme observada, anhelada, aunque sólo sea por las cerdas de un pincel.- Su voz sonaba ronca, ahora más al estilo del hipopótamo que de la verdulera, por ser un tono suave y un quejido. Un quejido que da más pena que un sapo muerto. No sé que hacer. Hace mucho que no pinto. No he hecho ni un solo boceto, nada, nada.
-Mira, Wendy… No podría sacarte menos fea y lo sabes, no quiero que te enfades.
Wendy rió a carcajadas.
-¡Es lo más bonito que se me ha dicho en años!- Volvió a bajar el tono- Me conformaré con lo que hagas. Y luego puedes venderlo si quieres.
Jean continuaba bebiendo y ahora encendía su pipa. Miraba fijamente las hojas de tabaco que empezaban a encenderse con el fuego de la cerilla. Enrojecían y se hacían brillantes, alcanzaban la vida, la belleza; su sabor dulce atascándose en la garganta, el carraspeo que nunca llegaba a producirse. Son hermosas. Me arañan por dentro. Me roban la existencia poco apoco, y junto con ellas me consumo yo, años más tarde que mi vida. Qué triste presenciar la muerte de tu propia mente. Quizá sea eso lo que Wendy siente con su cuerpo. Tal vez se esté quemando en la pipa del Señor- sonrió de medio lado, por la ridícula metáfora- abrasándose los pies, gritando por dentro, chillando entre las brasas, encogida, en posición fetal, con ese pelo decolorado cubriéndole los hombros, empezando a incendiarse… Quizá una obra post mortem tenga lo que en vida le faltó. Entrecerró los ojos y su rostro ajado ya por algunas arrugas, rozando más de la cuarentena, se tornó malicioso.
-Está bien, lo haré. Te pintaré, pero necesitarás paciencia. Nada de hablar, nada de preguntar, nada de atosigarme con tonterías. Y no esperes que el mito del pintor y su modelo se vuelva realidad entre nosotros. Y luego no me molestes si lo vendo como instrumento de tortura psicológica. Apuró su pinta y se largó con la gabardina en la mano, el sombrero torcido y la pipa entre los labios y sus huesudos dedos. Wendy vio cómo se perdía entre la gruesa cortina de lluvia que tras los cristales resbalaba pidiendo auxilio o cobijo.
No puedo creerlo… después de tanto tiempo vuelvo. Soy un completo idiota.
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