Capítulo 1
He pensado que podríamos contar esta entre todos, yo hago el Capítulo uno y otro lo continúa, y nunca nadie dos veces consecutivas...
Ahí va el primero.
"Esteban dejó de mirar su dedo, que aún jugueteaba con el liquido que habia dejado el culo de su copa en la mesa, y levantó la cabeza para mirar al chico del centro de aquel frecuentado bar. No debía de tener más de diecisiete años, pero aún así las jovencitas de veinte le miraban. Su corona de pelo engominado, su pendiente hecho con un alfiler en la casa de algún "coleguilla" con el que luego fardó tanto al día siguiente, su ropa petada y hipnótica forma de bailar parece ser que les gustaba a ellas. Quizá ellas tenían 16 años y eran sus amigas, pero Esteban ya no estimaba bien entre las chicas de esa edad. Ahí estaba el maldito mocoso, cebado a "rulas" que había comprado a otro "coleguita" en el callejón de algún barrio del extrarradio, llevandose a las tías. Él, sin embargo, hacía meses que bajaba todos los fines de semana a ver si sucedía el milagro, y nada. Nunca ninguna chica se acercaba a pedirle fuego. Bueno, en verdad si, pero nunca acababan en el coche de él haciendo el amor y dejando los cristales empañados, quizá con la marca de una mano sobre el vaho, como Kate Winset en aquella pelicula sobre un barco...
¿Sería mala suerte? Lo cierto es que en su familia nunca tuvieron mucha suerte con las mujeres. Su abuelo Alfredo, el Salcedo más viejo que había conocido que recordara, ya que Cornelio murió poco despues de su nacimiento, ya le advirtió sobre el tema.
Los Salcedo no eran una familia conocida ni influyente, sólo los dueños de algunos pisos anónimos en algunas calles con nombres fáciles de olvidar por Madird. Cornelio fue el fundador de La Empresa, Tubos Salcedo. Dentro se fabricaban todo tipo de tubos, cañerías y elementos cilíndricos de metal según las exigencias del mercado. En su epitafio pidió que escribieran unos versos de Machado, pero el papel donde estaban apuntados se perdió en algún lugar de la fábrica y allí debe seguir criando polvo, ya amarillo. En su lugar, encontraron unas líneas enun cajón de su mesilla que decían:
Recuerdo perfectamente aquel noviebre de nevadas.
Vagaba vagamente mi mente entre el ser y el ente de Hamlet...
Y ahí se quedaban, no había entre los miles de tachones, re-escrituras, correcciones ni anotaciones al margen, ninguna indicación que aclarara el sentido o el orígen de las palabras, y decidieron ponerlas, aunque alguno se opuso, a falta de los versos de Machado.
Los Salcedo no prosperaron nunca, se mantenían a flote, sobreviviendo, cada vez más cerca del cero, prolongando y relentizando plazo a plazo, en constante agonía, la inevitable caida, pero de algún modo, nunca en numeros rojos. De algún modo, su fábrica siempre era absorbida por otro trust y se salvavan en el ultimo momento. La nave del Polígono Industrial Haya Alta (PIHA) estaba rodeada de un terreno seco y árido, como la historia de la familia. Entristecido más aún por la rutina dstinada a la familia, la vida del tubo. Levantarse, fabricar tubos, luchar, sobrevivir, tener un hijo, pasarle la fábrica y luego otra vez.
"La vida es como un tubo", solía decir su abuelo "al principio todo va genial y funcionas bien, pero después, con el uso y el trabajo te vas gastando, y acabas corroído y viejo, deseando que todo acabe". A Esteban entonces esto le parecía una tontería de abuelo, para él era fácil, era un tubo jóven, con su chocolate Ecco caliente entre las manos y unos churros algo grasientos y llenos de colesterol, que nada le importaba, en un plato cerca de ellos.
Sin embargo, las eternas tardes en la planta, solo esperando que el turno no acabara nunca para no llegar a casa, a luchar con la llave para abrir la cerradura estropeada y encontrar el piso solo, el salón callado y toda la inercia de una casa demasiado vacía, nunca desordenada, nunca arreglada, tan sólo como Esteban la dejara una y otra vez y nada más, le hicieron comprender que su abuelo, el hombre de la mirada cansada tras esas gafas, siempre sujetas de milagro al final de la nariz, quizá tenía algo más de razón de lo que pensaba.
El chico de la gomina, cubierto de un rocío de sudor, se acercó a la mugrienta barra y apoyó el codo sobre las gotas de liquido de culo de vaso que con tanto esmero Esteban había transformado en "Esteb", pidió tres Sex on the Beach, especialidad de la casa, y se sentó, tocando con su espalda la camisa de Esteban. El sudor de otro sobre su ropa era algo que no soportaba, y lo sacó de su ensimismamiento. Sobre todo, ese olor a gimnasio rancio y mal ventilado, con una suerte de vigoréxicos en maquinas de musculación, mayormente homosexuales del tipo ostentoso que luego ves en la sauna con algo bajo la toalla que desearías creer que no es una erección, ese olor a chicos de la ESO tras su clase de gimnasia, hormonados y aún descubriendo que sí se deben duchar todos los días, es lo que más molestaba a Esteban.
"De hoy no pasa" pensó, "necesito contacto, levantarme al lado de una mujer que me haya deseado, y a la que haya echo el amor". Cogió su copa, whisky White Label, como siempre, y se la bebió de un trago. Su estómago ardía y tenía ganas de vomitar por el intenso sabor de la cebada tostada en hornos tradicionales, pero no le importó, ahora que se habia decidido nada le podría parar. Al fín y al cabo, como decía su abuelo "la gente es como un tubo, por fuera paracen redondos y felices, pero por dentro están vaciós y deseando que llegues a llenarles". Sólo tenía que escoger a una, deslumbrarla y llevársela al catre, si el enano dopado de la corona de gomina lo conseguía, más aún él.
Una chica cerca de la puerta, demasiadas veces abierta para entrar y demasiado pocas para salir teniendo en cuenta el aforo máximo, estaba siendo acosada por una barba que apestaba a cerveza. Si se hubiera afeitado, tal vez se hubiera llegado a descubrir a un hombre que balbuceaba "Seass tú una chica C subp sigma, ¿no?, en un spacio euclídeo como ste b, b, barr...", pero nadie le oía dentro de esa barba. Además, ¿que hay peor que un físico borracho ligando sin afeitar? La chica, con una piel de un blanco homogéneo y una timidez en la mirada que enternecía el corazón miraba a la barba con el miedo de quien teme que le fueran a hacer algo si no mostrba atención, sin poder irse porque su amiga estaba aún en el baño, demasiado borracha para levantar la cabeza del vater. Esteban la cogió de la muñeca y la llevó fuera, sorprendiéndose de la docilidad de la chica y del tacto, suave y cálido de su piel, golpeando la puerta con el hombro, pensando que aún no sabía que demonios iba a decir primero."
Ahí va el primero.
"Esteban dejó de mirar su dedo, que aún jugueteaba con el liquido que habia dejado el culo de su copa en la mesa, y levantó la cabeza para mirar al chico del centro de aquel frecuentado bar. No debía de tener más de diecisiete años, pero aún así las jovencitas de veinte le miraban. Su corona de pelo engominado, su pendiente hecho con un alfiler en la casa de algún "coleguilla" con el que luego fardó tanto al día siguiente, su ropa petada y hipnótica forma de bailar parece ser que les gustaba a ellas. Quizá ellas tenían 16 años y eran sus amigas, pero Esteban ya no estimaba bien entre las chicas de esa edad. Ahí estaba el maldito mocoso, cebado a "rulas" que había comprado a otro "coleguita" en el callejón de algún barrio del extrarradio, llevandose a las tías. Él, sin embargo, hacía meses que bajaba todos los fines de semana a ver si sucedía el milagro, y nada. Nunca ninguna chica se acercaba a pedirle fuego. Bueno, en verdad si, pero nunca acababan en el coche de él haciendo el amor y dejando los cristales empañados, quizá con la marca de una mano sobre el vaho, como Kate Winset en aquella pelicula sobre un barco...
¿Sería mala suerte? Lo cierto es que en su familia nunca tuvieron mucha suerte con las mujeres. Su abuelo Alfredo, el Salcedo más viejo que había conocido que recordara, ya que Cornelio murió poco despues de su nacimiento, ya le advirtió sobre el tema.
Los Salcedo no eran una familia conocida ni influyente, sólo los dueños de algunos pisos anónimos en algunas calles con nombres fáciles de olvidar por Madird. Cornelio fue el fundador de La Empresa, Tubos Salcedo. Dentro se fabricaban todo tipo de tubos, cañerías y elementos cilíndricos de metal según las exigencias del mercado. En su epitafio pidió que escribieran unos versos de Machado, pero el papel donde estaban apuntados se perdió en algún lugar de la fábrica y allí debe seguir criando polvo, ya amarillo. En su lugar, encontraron unas líneas enun cajón de su mesilla que decían:
Recuerdo perfectamente aquel noviebre de nevadas.
Vagaba vagamente mi mente entre el ser y el ente de Hamlet...
Y ahí se quedaban, no había entre los miles de tachones, re-escrituras, correcciones ni anotaciones al margen, ninguna indicación que aclarara el sentido o el orígen de las palabras, y decidieron ponerlas, aunque alguno se opuso, a falta de los versos de Machado.
Los Salcedo no prosperaron nunca, se mantenían a flote, sobreviviendo, cada vez más cerca del cero, prolongando y relentizando plazo a plazo, en constante agonía, la inevitable caida, pero de algún modo, nunca en numeros rojos. De algún modo, su fábrica siempre era absorbida por otro trust y se salvavan en el ultimo momento. La nave del Polígono Industrial Haya Alta (PIHA) estaba rodeada de un terreno seco y árido, como la historia de la familia. Entristecido más aún por la rutina dstinada a la familia, la vida del tubo. Levantarse, fabricar tubos, luchar, sobrevivir, tener un hijo, pasarle la fábrica y luego otra vez.
"La vida es como un tubo", solía decir su abuelo "al principio todo va genial y funcionas bien, pero después, con el uso y el trabajo te vas gastando, y acabas corroído y viejo, deseando que todo acabe". A Esteban entonces esto le parecía una tontería de abuelo, para él era fácil, era un tubo jóven, con su chocolate Ecco caliente entre las manos y unos churros algo grasientos y llenos de colesterol, que nada le importaba, en un plato cerca de ellos.
Sin embargo, las eternas tardes en la planta, solo esperando que el turno no acabara nunca para no llegar a casa, a luchar con la llave para abrir la cerradura estropeada y encontrar el piso solo, el salón callado y toda la inercia de una casa demasiado vacía, nunca desordenada, nunca arreglada, tan sólo como Esteban la dejara una y otra vez y nada más, le hicieron comprender que su abuelo, el hombre de la mirada cansada tras esas gafas, siempre sujetas de milagro al final de la nariz, quizá tenía algo más de razón de lo que pensaba.
El chico de la gomina, cubierto de un rocío de sudor, se acercó a la mugrienta barra y apoyó el codo sobre las gotas de liquido de culo de vaso que con tanto esmero Esteban había transformado en "Esteb", pidió tres Sex on the Beach, especialidad de la casa, y se sentó, tocando con su espalda la camisa de Esteban. El sudor de otro sobre su ropa era algo que no soportaba, y lo sacó de su ensimismamiento. Sobre todo, ese olor a gimnasio rancio y mal ventilado, con una suerte de vigoréxicos en maquinas de musculación, mayormente homosexuales del tipo ostentoso que luego ves en la sauna con algo bajo la toalla que desearías creer que no es una erección, ese olor a chicos de la ESO tras su clase de gimnasia, hormonados y aún descubriendo que sí se deben duchar todos los días, es lo que más molestaba a Esteban.
"De hoy no pasa" pensó, "necesito contacto, levantarme al lado de una mujer que me haya deseado, y a la que haya echo el amor". Cogió su copa, whisky White Label, como siempre, y se la bebió de un trago. Su estómago ardía y tenía ganas de vomitar por el intenso sabor de la cebada tostada en hornos tradicionales, pero no le importó, ahora que se habia decidido nada le podría parar. Al fín y al cabo, como decía su abuelo "la gente es como un tubo, por fuera paracen redondos y felices, pero por dentro están vaciós y deseando que llegues a llenarles". Sólo tenía que escoger a una, deslumbrarla y llevársela al catre, si el enano dopado de la corona de gomina lo conseguía, más aún él.
Una chica cerca de la puerta, demasiadas veces abierta para entrar y demasiado pocas para salir teniendo en cuenta el aforo máximo, estaba siendo acosada por una barba que apestaba a cerveza. Si se hubiera afeitado, tal vez se hubiera llegado a descubrir a un hombre que balbuceaba "Seass tú una chica C subp sigma, ¿no?, en un spacio euclídeo como ste b, b, barr...", pero nadie le oía dentro de esa barba. Además, ¿que hay peor que un físico borracho ligando sin afeitar? La chica, con una piel de un blanco homogéneo y una timidez en la mirada que enternecía el corazón miraba a la barba con el miedo de quien teme que le fueran a hacer algo si no mostrba atención, sin poder irse porque su amiga estaba aún en el baño, demasiado borracha para levantar la cabeza del vater. Esteban la cogió de la muñeca y la llevó fuera, sorprendiéndose de la docilidad de la chica y del tacto, suave y cálido de su piel, golpeando la puerta con el hombro, pensando que aún no sabía que demonios iba a decir primero."

