Wednesday, May 16, 2007

Y-sis

Justo al empezar a leer esto, poner a sonar la canción Ghost man On Third, the Taking Back Sunday. Luego, intentar leerlo sin prisa, para que el final coincida con el minut 2:57 de la canción.


Volvía en búho, por la Gran Vía, tranquilo, mientras los cascos zumbaban escudándole del resto del mundo, borrando las endebles palabras de un Wittgenstein que a duras penas se sostenían tras el escaso estudio. Ahí, sólo en el autobús abarrotado de niñas borrachas que bailaban los gritos desafinados que pretendían ser el estribillo de alguna canción y de jóvenes de mirada seria, pensaba en la primera vez que la vio. No hacía ni dos semanas, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces. A veces el destino guarda regalos que esconde demasiado bien, imposibles de ver venir, mágicos en su sorpresa. Todo había tenido la facilidad de lo evidente, aunque fingió no verlo así para evitar gafar su suerte. Y lo que tres días antes no hubiera podido sospechar era que estaría haciendo el amor con una mujer que le susurraría al oído las dos palabras más peligrosas del checo “miluju tè”.
¿Cómo se recupera la inocencia? ¿Cómo se recupera la confianza? En el momento parece fácil dejarse llevar por esos perfectos ojos oro que reflejan la luna y miran con la sincera calma de la verdad. Pero ya le había pasado antes, y abrazar desnudo a alguien y respirar su pelo, significa demasiado, es algo que hay que regalar con cierto cuidado.
La herencia del pasado es una pesada incertidumbre de “¿y si tal?”, “¿y si cual?”… “y-sis” los llamaba él. Demasiados y-sis como para gozar tranquilo del cansancio del éxtasis en la mirada de un ángel, cuando solo vale respirar en blanco.
Normalmente a la vida le parecía divertido ser un péndulo barato, y ahora le tocaba la parte buena, aunque en este caso la fecha de caducidad venía impresa con claridad y el destino, maquiavélico como él solo, la había fijado donde la vez anterior. “¿Y si los finales de verano van a ser siempre tristes?” Más y-sis.
Fingiendo conocer cómo funciona el mundo (delirios de filósofo), se había prometido no volver a permitir y-sis, actuar y recibir sin más, y que el fluir repartiera los palos y premios que estimara. Siempre había creído que no iba con su personalidad dejar pasar las oportunidades por falta de confianza en sí mismo, igual que el funcionario de correos cree que en el fondo de su ser vive un aventurero implacable.
Pero esta vez lo había puesto en práctica, cayendo y confiando que la brisa que le hacía sonreir fuese todo lo que iba a sentir, y que el golpe contra el suelo era una fábula que contaban los que querían el monopolio de la sensación.
Había disparado al piloto y le rogaba a ella que cogiera los mandos para volar su vida a su antojo, ahí estaba él para que ella le usara, roto y magullado aún. Un órdago a ciegas a un juego del que no sabía las reglas, un pequeño acto de fe de un ateo confeso.
Recuperar la inocencia y volver a decir un “te quiero” limpio era mucho, pero se habían acabado los y-sis de momento. Ahora tocaba fluir.